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Corría el mes de febrero de 1945. La Alemania de Hitler, el Tercer Reich, el “Reich de mil años”, agonizaba ante los ataques de las fuerzas aliadas. Estaba por terminar la Segunda Guerra Mundial y por iniciarse la llamada Guerra Fría. Los expertos dicen que este periodo, caracterizado por las tensiones entre las potencias mundiales, comenzó precisamente en la Conferencia de Yalta, donde se reunieron Josif Stalin, Franlin D. Roosevelt y Winston Churchill.
Comenzaba el reacomodo de las fuerzas internacionales. Se hablaba entonces de las cuatro grandes potencias: Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra y Francia. Pero el ingenio popular no compartía la versión oficial, y se acuñó una famosa expresión, que tal vez usted recuerde, o la haya escuchado en alguna parte. Decía aquella expresión: las cuatro grandes potencias son tres… ¡Rusia y Estados Unidos!
Según las crónicas de la época, en algún momento de la conferencia, Churchill se refirió al interés del Vaticano por participar en la reconstrucción de la paz mundial, a lo que Stalin replicó mordazmente: Dígame, ¿cuántas divisiones tiene el Papa?
Pues no, el Papa no tenía grandes ejércitos, ni destructores o portaaviones, ni bombarderos. De allí la descalificación proferida por el dirigente soviético…
Ya transcurrieron más de 65 años, y cabría preguntarnos dónde están las divisiones del Ejército rojo. Claro, Rusia sigue viva y exportando petróleo, pero la Unión Soviética es un recuerdo cada día más lejano.
¿Y dónde está el Papa? Pues está en Roma, en el Vaticano, luego de un viaje a España que lo mismo provocó entusiasmo entre multitudes que escozor en ciertos grupos.
Todo mundo reconoce que el papa Ratzinger, Benedicto XVI, ni remotamente tiene el carisma de su predecesor el papa Woytila, Juan Pablo II. Y sin embargo la prensa mundial habla de más de un millón de jóvenes en el aeródromo madrileño de Cuatro Vientos. El entusiasmo de la multitud no amenguó a pesar de una tormenta que causó destrozos, e inclusive lesionó a siete personas.
Los viajes papales distan mucho de ser una novedad. Juan Pablo II efectuó 105 viajes, y se dice que en ellos sumó tres vueltas al mundo. Benedicto XVI ya lleva 20, y se prepara para ir a Alemania en septiembre próximo.
Característica común de todos esos viajes ha sido la preocupación de los distintos gobiernos por garantizar la seguridad del Pontífice y de quienes acuden a escucharlo. O por lo menos, había sido…
En Madrid 2011 las cosas fueron distintas. Desde varias semanas antes, diversos grupos contestatarios se mostraron beligerantes en su oposición a la visita papal.
Y cuando las juventudes católicas se dieron cita en la capital española, se produjeron manifestaciones de protesta. La prensa de izquierda dedicó amplios espacios a estas manifestaciones. El gobierno socialista se mostró extraordinariamente tolerante con los llamados antipapa. Quedó la impresión de que la fuerza pública los protegió a ellos, y no a la gran masa de visitantes. Ya pasados los hechos, aunque consta que muchos incurrieron en actos vandálicos cuando no francamente delictivos, en vez de perseguirlos el gobierno investiga supuestos abusos policiales contra ellos.
Es fácil entender el motivo principal de esta actitud del gobierno socialista: se acercan las elecciones, y las encuestas coinciden en pronosticar una amplia victoria del principal grupo opositor, el Partido Popular. Y cada antipapa, cada indignado, es un voto que el socialismo busca con afán para conservarse en el poder.
Se pueden tener muy diversas opiniones sobre esta situación. Cada quien es muy libre de pensar según sus convicciones e intereses. Pero hay algo innegable: se vio mal el gobierno socialista de España. Un gobernante puede tener posturas inclusive anticatólicas, pero hasta ahora todos se habían mostrado corteses. El presidente de gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, fue displicente y ni siquiera estuvo en la despedida de Benedicto, donde sí estuvieron el rey Juan Carlos, el dirigente opositor Mariano Rajoy, funcionarios gubernamentales y dirigentes socialistas.
Y además de descortés, el gobierno socialista español se mostró incapaz de mantener el orden público.
Esto no atenuó la euforia de los jóvenes que acudieron al encuentro con Benedicto. Precisamente esta euforia, la masiva participación en el encuentro de Cuatro Vientos, explica la molestia de las izquierdas. A pesar del apoyo de medios afines de prensa, radio y televisión, a pesar del poco disimulado apapacho que les aportaron diversos sectores gubernamentales, la más nutrida manifestación antipapa apenas congregó a pocos miles de individuos vociferantes. Según medios izquierdistas, fueron cinco mil… los medios de derecha hablan de dos mil. Mientras, Benedicto atrajo a más de un millón…
Por cierto, los antipapa me hicieron recordar a los globalifóbicos que actuaron en Guadalajara el 28 de mayo de 2004, durante la Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno América Latina-Unión Europea. Para que usted tenga ligera idea de lo ocurrido, le contaré que detrás de las instalaciones de un periódico tapatío había regularmente una docena de borrachitos, desaseados y malolientes. Pero después de ver a los globalifóbicos, oiga usted, nuestros borrachitos parecían verdaderos aristócratas…
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