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“Para evitar el caos, un acuerdo terrible”, tituló The New York Times. No le faltan razones: el acuerdo evita el Apocalipsis del default, pero no reduce la incertidumbre de corto plazo ni resuelve de fondo el problema del déficit público.
El gobierno se obliga a implementar un programa de recortes del gasto público que totalizará 2.4 billones de dólares en 10 años. Es el mayor recorte que ha comprometido ningún gobierno de Estados Unidos en su historia, pero no será suficiente para evitar la baja en la calificación de su deuda.
Si los problemas terminaran en el downgrade, estaríamos hablando de un asunto controlado. Las cosas se complican porque el recorte del gasto se implementará en un contexto donde la economía está deprimida. EU creció 0.4% en el primer trimestre y apenas 1.3% en el segundo.Las cifras de la manufactura, dadas a conocer ayer, confirman la tendencia. Para todos los fines, estamos en una situación en que la desaceleración es un hecho.
El acuerdo es terrible porque quitará capacidad de maniobra a un gobierno que ya no puede echar mano de la política monetaria. La austeridad es una excelente virtud privada en tiempos malos, pero una política pública inadecuada para afrontar una desaceleración. No es una medicina, sino algo parecido a la cura medieval con sanguijuelas.
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