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Estados Unidos enfrenta un riesgo real de recaída económica, mientras su clase política revela franca desconexión con la realidad.
Hay 50% de probabilidad de que Estados Unidos reciba una baja en la calificación de su deuda en los próximos 90 días, anunció Standard and Poor’s (S&P). Estábamos asustados y al abuelo se le ocurrió contarnos una nueva historia de miedo. En otros tiempos, esta comunicación de la agencia calificadora hubiera podido ser tomada con filosofía, pero el horno no está para esos bollos. Estados Unidos enfrenta un riesgo real de recaída económica y su clase política revela franca desconexión con la realidad. Al otro lado del Atlántico hay una cartelera inagotable de películas de terror. La crisis griega es un terremoto interminable. Italia está al borde del abismo y España sólo un paso atrás. La eurozona muestra señales de artritis y Alemania se empeña en dictar clases de austeridad cuando sólo debería ejercer su liderazgo.
Dejemos Europa por unos minutos y volvamos a Estados Unidos. El debate en torno del techo de la deuda (debt ceiling) está en el centro del escenario por méritos propios. Si el Congreso no llega a un acuerdo antes del 2 de agosto, las cosas se pondrán color de hormiga. Los republicanos tienen mayoría en el Congreso y están estirando la liga para sacar máxima rentabilidad política. Quieren exhibir al gobierno de Obama como incapaz de lograr disciplina fiscal. Barack Obama requiere que se aumente el techo de la deuda, que ahora es de 14.294 billones de dólares, pero ha perdido sus súper poderes: su discurso no convence y su fuerza no le alcanza.
Si el Congreso no aprueba una ampliación, los escenarios son horribles: uno es el impago de compromisos con tenedores de deuda pública de Estados Unidos, cosa que nunca ha ocurrido. La otra es la suspensión parcial de servicios y/o pagos del gobierno de Estados Unidos. Ese país tienen una deuda de 9.74 billones de dólares en manos de inversionistas. Un default es impensable si tomamos en cuenta la historia, pero siempre hay una primera vez. En caso de ocurrir, se abriría la puerta del infierno especulativo y el efecto sería mundial. El mayor tenedor de deuda estadounidense es China, con 1.152 billones; el segundo es Japón, con 966,000 millones.
La otra parte de la deuda de Estados Unidos suma 4.61 billones de dólares. Ahí están los proveedores, las pensiones, el mantenimiento de la infraestructura pública y los salarios. Si no hubiera acuerdo, habría un recorte selectivo de pagos y servicios. Provocaría un inmenso malestar entre trabajadores públicos y ciudadanos. Esto ya ha ocurrido varias veces y puede volver a pasar. En un contexto de fragilidad económica, complicaría más la recuperación.
Si todo fuera racional, se impondría una solución concertada. Existe una propuesta sensata que consiste en aceptar una nueva ampliación de la deuda y firmar un compromiso de reducción del déficit a ejecutar en los próximos 10 años. Han habido 70 ampliaciones al techo de la deuda y podría haber otra más. El problema es cómo amarrar un compromiso de reducción del déficit que sea creíble. Por eso, Moody’s y S&P amenazan con bajar la calificación de la deuda.
Los ojos irán de Estados Unidos a Europa y de regreso, de aquí al 2 de agosto. 17 días parecen mucho tiempo para cocinar un acuerdo, pero no se puede minimizar la mezquindad de la clase política. Las elecciones presidenciales del 2012 están en juego y hay muchos incentivos para el desacuerdo.
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